Viaje a Japón. Día 12. Más Kyoto, por favor.

En nuestro siguiente día en Kioto nos dedicamos a seguir viendo algunos de los “básicos” de la ciudad, en su mayoría relacionados con los templos y sus alrededores.

Así, nos levantamos tempranito, desayunamos y nos fuimos a ver el bosque de bambú que hay en la zona de Arashiyama. Era una de nuestras visitas más esperadas y nos gustó mucho, pero fue un pequeño bluff estar paseando por ahí y tener que estar constantemente teniendo cuidado por las decenas de taxis, minibuses… que pasan por el camino. Nos esperábamos algo más “tranquilo” y solitario… y después de casi 10 días en Japón nos dimos cuenta de que fuera de las montañas, eso no existe.

El camino entre el bosque de bambú, en un momento tranquilo

Por cierto que la zona de Arashiyama tenía bastante buena pinta y vidilla, en la estación de la JR había un museo ferroviario y tenéis varios templos por allí, incluso alguno patrimonio de la humanidad.

Después nos fuimos al lado contrario de Kioto para ver uno de los templos que a mí más me gustó de Kyoto, el Fushimi-Inari. Seguramente lo reconozcáis enseguida porque es una de las imágenes más “típicas” de Kioto gracias a los miles de Torii que rodean el pequeño montecillo donde está ubicado. Hay un camino de unos 5KM lleno de estas puertas rojas, donadas por miles de personas y colectivos a los dioses del templo. Es un sitio mágico y especial, que no podéis perderos en Kioto.

Torii y farol

Ese día se nos fue la pinza y nos fuimos andando de vuelta hasta el hostel, donde comimos, hicimos siesta y todo eso. Fue muy curioso caminar por un Kioto prácticamente vacío fuera de los centros más turísticos, era domingo y todo lo demás estaba totalmente desierto.

Las hortensias eran espectaculares, crecían en todas las aceras.

Por la tarde nos fuimos a conocer otro sitio muy especial de Kioto, Gion, todo lo contrario: lleno de gente, vida… El paseo por el barrio más tradicional de la ciudad está muy bien, pero sobretodo nos sorprendióel ambientazo que había ese domingo en todas las calles de Gion y al otro lado del río, y en especial en la vereda del río, donde disfrutamos del anochecer.

Esa noche creo que fue una de nuestras mejores cenas de todo Japón. Cenamos en el callejón de Pontocho en un garito de mala muerte en el que realmente no sabíamos muy bien que había, sólo nos atrajo desde fuera ver las palabras “hot pot” en el menú. ¡Menudo acierto! Era un sitio todo lo contrario a los del callejón, nada guiri, lleno de gente local y sólo con una barra y taburetes para sentarse. Durante el primer rato, fuimos la risa general de los parroquianos, qué gracia les hacemos a los japoneses con un par de sakes encima…

Otro inciso curioso. En Japón se puede fumar en casi todos los restaurantes y en este minúsculo también. Sin embargo, a pesar de tener a una persona fumando en un taburete a mi lado, no me llegó ni pizca de humo ni salimos con olor a humo de la cena.

El hot pot o pot pot era una sopa de caldo de carne con lima japonesa muy aromática que te ponen en una tina de barro al fuego con gas. Cuando rompe a hervir vas sumergiendo en el caldo finísimas tiras de carne de cerdo y varios tipos de verdura, que en un minuto han cocido y cogido un sabor… ¡espectacular! Para terminar, y como somos fieles seguidores de aquello de “dónde fueres haz lo que vieres” vimos que otra pareja pedía unos noodles para terminar el caldo, y nos animamos a hacerlo también.

Después de ese homenaje, paseo hasta el hostel y a descansar, algo que necesitábamos para afrontar los últimos días del viaje a japón.

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